Colombia
Santa Cruz del Islote fue construida en el siglo XIX y sobre ella no circulan carros, pero sus pobladores se han acomodado para vivir y multiplicarse allí.
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Por: Equipo de redacción
Santa Cruz del Islote, un pedazo de tierra de apenas una hectárea en el Caribe colombiano, es considerada la isla artificial más densamente poblada del mundo. Con alrededor de 900 habitantes, este lugar es un microcosmos de vida, resiliencia y contradicciones.
Sus calles estrechas, la ausencia de vehículos y la omnipresencia del mar crean un escenario único donde la cotidianidad se mezcla con lo extraordinario.
Santa Cruz del Islote no es producto de la naturaleza, sino de la tenacidad humana. Fue construida en 1870 por pescadores que apilaron piedras, escombros y basura sobre un arrecife de coral. Con el tiempo, los habitantes le "robaron" terreno al mar para expandir su tamaño. A diferencia de las islas vecinas, carece de manglares y playas, pero también de mosquitos, una peculiaridad que atrajo a sus primeros pobladores.
Hoy, la isla alberga más de 100 viviendas, donde conviven 150 familias. La expansión sigue la lógica de "una casa a la vez" y algunas familias han dejado legados de más de 130 nietos. La historia de Santa Cruz es un testimonio de adaptación y comunidad en un espacio donde cada centímetro cuenta.
El 60% de la población son niños y adolescentes, lo que le da a la isla una energía vibrante. Los menores juegan fútbol en callejones, nadan con tortugas en acuarios improvisados o acompañan a los adultos en labores de pesca. Las noches se llenan de música, dominó y peleas de gallos, una tradición arraigada. Sin embargo, la alegría contrasta con desafíos como la falta de agua potable, que se transporta en lanchas desde Cartagena y se almacena como un tesoro.
La electricidad, generada por paneles solares donados por Japón y una planta de combustible, es costosa y limitada. Los hogares pagan hasta $90.000 pesos mensuales por un servicio intermitente. A esto se suma la precariedad en salud: solo hay un médico que visita la isla unos días al mes, y la partera local ha atendido más de 200 partos en cuatro décadas.
El turismo se ha convertido en una fuente vital de ingresos. Los visitantes pagan $5.000 pesos por nadar con tiburones nodriza y tortugas en acuarios, una práctica polémica pero que sustenta a guías y pescadores.
Pese a los esfuerzos para la sostenibilidad, la basura acumulada en el fondo marino y la falta de un sistema eficiente de residuos son problemas latentes. Los isleños sueñan con convertir Santa Cruz en un modelo de ecoturismo, pero requieren apoyo para lograrlo.
Los habitantes de Santa Cruz del Islote se enorgullecen de su seguridad y sentido comunitario, pero enfrentan amenazas como el cambio climático. Las mareas altas inundan calles con frecuencia, y la erosión costera preocupa a todos. Además, la reciente llegada de drogas y la escuela clausurada por riesgo de colapso plantean incertidumbres para las nuevas generaciones.
Aún así, muchos jóvenes aspiran a estudiar fuera pero regresar. Su historia es la de un pueblo que, pese a sus limitaciones, resiste con creatividad y esperanza en un mundo que parece encoger.
Santa Cruz del Islote es un fenómeno humano: un paraíso construido con manos, donde la vida florece entre el cemento y el mar. Su densidad y desafíos lo convierten en un espejo de lo que podría ser el futuro en un planeta con recursos limitados. Visitar esta isla es descubrir una lección de adaptación, comunidad y amor por el territorio.