El raspado de los 150.000 pesos: la sencillez de Diomedes Díaz que cambió la tarde de un vendedor
El lado más humano del artista que vendió 18 millones de discos y conquistó el mundo.
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Por: Juan Manuel Arias Montenegro
Creativo Digital

En las calles de Valledupar, en la brisa de La Guajira y en los transistores de cada hogar colombiano, hoy solo se escucha una voz. En Olímpica Stereo celebramos con orgullo el natalicio número 69 de Diomedes Díaz Maestre, el "Cacique de la Junta".
Para nosotros, el 26 de mayo no es una fecha más; es el día en que recordamos al hombre que, entre más de 300 éxitos y 18 millones de discos vendidos, nunca olvidó lo que significaba estar en la calle, luchando por el día a día.
Más allá del artista que conquistó el Grammy Latino en 2010 y acumuló discos de diamante y platino, Diomedes era un hombre de detalles humanos impredecibles.
Por tal motivo, rescatamos una de esas historias que no aparecen en las carátulas de los álbumes, pero que quedaron grabadas en el corazón de quienes lo conocieron. Se trata de la anécdota que compartió su entrañable amigo y representante, Harold Zabaleta.
Un antojo con "cepillito"
Cuenta Zabaleta que, contrario a lo que muchos pensaban, Diomedes no vivía encerrado. Le gustaba observar el mundo desde su ventana o salir a recorrer las calles para sentir el pulso de su gente.
Una tarde al Cacique le entró un antojo irreprimible: quería un raspado, pero no cualquier raspado; Diomedes buscaba la nostalgia, el sabor de antaño.
"Vamos a buscar un viejo que raspe con un cepillito pequeño", le dijo Diomedes a Zabaleta y a su chofer.
La búsqueda no fue fácil, pues recorrieron varios puntos de la ciudad, pasando por colegios esperando encontrar al vendedor ideal, pero el "hombre del cepillito" no aparecía. Diomedes, con la terquedad que lo caracterizaba cuando algo le apasionaba, insistió: "Móntese, vamos a buscarlo".
El negocio del cepillo
Finalmente, encontraron al vendedor esperando el recreo de un colegio. Era él: un señor humilde con su carrito y, lo más importante, el famoso cepillito manual para raspar el hielo. Tras pedir cuatro raspados con leche, que costaban apenas mil pesos, Diomedes comenzó a mostrar su legendaria generosidad.
Sacó un billete de cincuenta mil pesos para pagar cuatro mil. Pero el gesto no terminó ahí. Al Cacique le fascinó tanto la herramienta de trabajo del señor que intentó comprársela: "Véndame ese cepillito, que a mí me gusta raspar con ese", le decía.
El vendedor, asombrado, se negaba porque era su único sustento, pero Diomedes, entre bromas y afecto, le puso otros cincuenta mil pesos en la mano.
Un raspado de $150.000
La historia alcanzó su punto máximo cuando el vendedor, viendo ya cien mil pesos sobre la mesa, una cifra astronómica para una tarde de raspados, accedió a entregar su herramienta; sin embargo, Diomedes, en un acto de nobleza pura, miró el cepillo viejo y desgastado, se conmovió por el esfuerzo del trabajador y decidió que el señor no podía quedarse sin su sustento.
"Viejo, haga el favor... siga trabajando con su cepillo", le dijo, devolviéndole la herramienta pero dejando el dinero en sus manos.
Al final, entre el pago, el intento de compra y un último gesto de cariño, el vendedor de raspados se fue a su casa con $150.000 en el bolsillo, simplemente por haber hecho su trabajo con la sencillez que el Cacique tanto admiraba.
En Olímpica Stereo recordamos hoy a ese Diomedes. Al que a los 15 años fue mensajero en bicicleta de Radio Guatapurí y que, aun siendo la estrella más grande del país, sabía que 150.000 pesos podían cambiarle la vida a un hombre humilde en una tarde de calor.


