La rumba de la Atenas Suramericana: así suena la historia tropical en Bogotá

La capital celebra 488 años de fundación con una trayectoria sonora que rompió el aislamiento andino para convertirse en una de las plazas bailables más importantes de América Latina.

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Juan Manuel Arias Montenegro

Por: Juan Manuel Arias Montenegro

Creativo Digital

Bogotá
La salsa y la cumbia se consolidaron como lenguajes narrativos fundamentales de la identidad y la diversidad de la capital colombiana - crédito Canva

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Bogotá nació entre chozas y frailes, en una sabana verde y fría que durante siglos se escuchó al ritmo del tiple, el pasillo y el bambuco. Conocida como la Atenas Suramericana, la capital colombiana fue durante décadas un bastión de sobriedad republicana donde la música de cuerda andina dominaba los salones de la élite.

Sin embargo, a lo largo del siglo XX, la ciudad experimentó una transformación sonora sin precedentes: la irrupción de la música tropical caribeña y pacífica que, lejos de ser un mero entretenimiento nocturno, se convirtió en un vehículo narrativo para contar la historia, la geografía y la identidad mestiza de la urbe.

En el contexto de los 488 años de fundación de la capital, desde Olímpica Stereo consideramos indispensable recordar las canciones que le cantaron a Bogotá y la revolución cultural que representaron.

El desembarco que cambió el altiplano

El hito inaugural de esta revolución sonora ocurrió en marzo de 1943, cuando el maestro Lucho Bermúdez y su Orquesta del Caribe llegaron al Night Club Metropolitan, ubicado en el sótano de la carrera séptima con avenida Jiménez.

Su misión era inaugurar un espacio que, sin saberlo, cambiaría para siempre la historia musical de la ciudad, aunque la introducción del porro, el fandango, el mapalé y la cumbia en los círculos sociales bogotanos no fue bien recibida por todos.

Los sectores conservadores de la élite andina rechazaron con vehemencia estos ritmos costeños, calificándolos como ajenos a la etiqueta urbana tradicional. La prensa capitalina de la época llegó incluso a describir las interpretaciones de Bermúdez como "una merienda de negros".

Pese a la resistencia, el talento de Bermúdez como arreglista logró lo impensable: adaptó los ritmos caribeños al formato de las big bands de jazz norteamericanas, revestidos de gala y sofisticación.

Este proceso transformó los salones de baile de la ciudad y sentó las bases para que Bogotá se convirtiera en el centro neurálgico de grabación, edición discográfica y proyección internacional de la música bailable del continente. De los sótanos exclusivos de los años cuarenta, la ciudad pasó a los salones de gala del Hotel Tequendama en los cincuenta y sesenta, hasta llegar a la democratización masiva de los grills populares, cabarets y verbenas de las décadas de 1970 y 1980.

Entre la ruana y el acordeón

A medida que Bogotá consolidaba su papel como capital fonográfica, artistas de toda América Latina comenzaron a dedicarle composiciones que retrataban su particular contraste entre el frío andino y la calidez festiva de sus habitantes.

Uno de los testimonios más detallados fue el tema Canto a Bogotá, incluido en el álbum Billo '73 por la legendaria orquesta de Luis María "Billo" Frómeta. A través de una estructura rítmica que oscila entre la guaracha y el merengue antillano, la canción construye una radiografía costumbrista de la Bogotá de los años setenta, aludiendo a la "Sabana verde esmeralda", el "fraile con una ruana", las corridas en la Plaza de Santamaría y los triunfos de Millonarios en el Estadio El Campín. La composición inmortaliza, además, recintos gastronómicos y de bohemia como la "Casa Vieja" y "Los Arrieros".

En el ámbito de la cumbia de acordeón, el barranquillero Aníbal Velásquez compuso Cumbia Bogotana, pieza en la que la estética caribeña dialoga directamente con el entorno climático de la capital. La canción acuñó la célebre copla: "Si te coge el frío, ay, ponte la ruana... baila mi cumbia, Bogotá".

El valor histórico de este tema radica en su hibridación simbólica: la ruana, prenda emblemática del andino, es recontextualizada como atuendo festivo para el baile tropical, disolviendo la barrera entre la costa cálida y el interior frío. En versiones posteriores, como las de Pedrito Arango, el tema amplió sus versos para celebrar el carácter soñador de los bogotanos.

Salsa, migración y memoria colectiva

El acelerado crecimiento demográfico de Bogotá, impulsado por corrientes migratorias del Pacífico y la Costa Atlántica, convirtió a la ciudad en una urbe plurietnica que encontró en la salsa un lenguaje épico para narrarse a sí misma. Una de las obras más ambiciosas del género es Hola Rola, compuesta por Jairo Varela e interpretada por el Grupo Niche.

La canción trasciende el elogio circunstancial para construir una crónica histórica que arranca con la fundación hispánica: "Fueron 12 chozas, con una iglesia, así empezó... en la verde sabana vida encontró". El texto describe el choque de la Conquista, el mestizaje forzado y el surgimiento de una nueva identidad, para luego rematar con un homenaje a la mujer capitalina: "Hola, no son las olas... a ojo cerrado me quedo con una rola".

Por su parte, Guayacán Orquesta, en colaboración con el sonero cubano Tirso Duarte, grabó Bogotá es Rumbera (también conocida como Se calentó Bogotá). La composición retrata la transformación nocturna de la ciudad como un espacio de catarsis para la fuerza trabajadora: "¿Quién se va a imaginar que al llegar la noche la ciudad capital se podrá transformar en la más bella ciudad salsera?". La letra destaca cómo el circuito nocturno democratiza el espacio urbano, integrando a sectores diversos y sentenciando el peso de Bogotá en la geografía salsera continental.

El rescate del nuevo milenio

En el siglo XXI, movimientos de investigación musical impulsaron la revalorización de los sonidos tropicales tradicionales. Un hito central fue el proyecto Ondatrópica, cofundado por el bogotano Mario Galeano y el productor británico Will Holland (Quantic).

En su álbum Baile Bucanero (2016), Ondatrópica grabó el tema Bogotá, una pieza compuesta a principios de los años setenta por el saxofonista cartagenero Michi Sarmiento tras su primera visita a la ciudad.

Sarmiento guardó la composición en su memoria durante más de cuatro décadas sin plasmarla en estudio, hasta que las sesiones de Ondatrópica lograron rescatarla, combinando cumbia con ritmos de soca caribenño y matices psicodélicos. En sus versos, Sarmiento elogia la geografía y el espíritu de la capital: "Tus mujeres, Bogotá, la novena maravilla... eres mi capital".

Una ciudad que se baila

Estos ritmos no erradicaron las tradiciones andinas, sino que se integraron a la vida cotidiana de la urbe, reconfigurando su identidad sonora. Obras como Cumbia Bogotana y Canto a Bogotá demuestran una hibridación estética única en la región, donde la ruana, el estofado y la llovizna sabanera son absorbidos por el lenguaje del acordeón y los metales caribeños.

Las composiciones de Varela, Frómeta o Sarmiento ratifican a la capital como el gran escenario plurietnico de Colombia, una ciudad que dejó de ser vista únicamente como la sede del poder político para ser narrada como un territorio acogedor, diverso y mestizo, cuyo devenir histórico se baila y se canta en las calles. En sus 488 años, Bogotá celebra no solo su fundación, también su capacidad de transformarse sin perder su esencia.

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