¿Por qué comemos pescado? El origen de la tradición y el impacto económico en las plazas de mercado
Entre simbolismo y dinamismo económico, las plazas de mercado colombianas viven su momento más vibrante, impulsadas por una tradición que une comunidades en torno a la mesa y la fe.
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Por: Valeria Pejendino
Creativa Digital

En Colombia, la Cuaresma y la Semana Santa no solo son épocas de reflexión, sino también un fenómeno económico que revitaliza las plazas de mercado. La tradición de consumir pescado, profundamente arraigada en la fe católica, se convierte en un impulsor clave para pescadores, comerciantes y transportadores.
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Origen de la tradición
La Iglesia católica promueve la abstinencia de carnes rojas durante la Cuaresma como un acto de penitencia para honrar el sacrificio de Jesús. Históricamente, el pescado simbolizaba pureza y sencillez, lo que contrastaba con las carnes “calientes”, asociadas al placer. Además, el pez ha sido un símbolo cristiano desde los primeros siglos, pues se vincula al acrónimo griego ICHTHYS (“Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”).
Impacto económico en las plazas
Durante la Semana Santa, la demanda de pescado en Colombia supera las 50 000 toneladas y dinamiza toda la cadena productiva. La Plaza de Paloquemao, en Bogotá, es un ejemplo clave de este proceso: allí se proyecta la venta de más de 5000 toneladas de pescado, que incluyen productos de mar, río y acuicultura.
Los precios presentan variaciones; por ejemplo, la mojarra oscila entre $8000 y $10 000 la libra, mientras que el bagre se sitúa en $19 000.

Beneficio para la cadena productiva
El aumento en la demanda beneficia a pescadores, transportadores y comerciantes, lo que fortalece la economía local. Los consumidores prefieren las plazas de mercado por su frescura y precios accesibles, factores que consolidan el rol de estos centros como pilares de la economía popular.
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La tradición del consumo de pescado en Semana Santa une la fe con la economía, de modo que beneficia a miles de familias y fortalece la cadena productiva. Plazas como Paloquemao demuestran la vigencia de esta práctica al combinar el legado cultural con el desarrollo económico regional.


