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Leandro Díaz, el ciego sabio del vallenato

Martes, 24 de Jun - 20140

Una fría y lluviosa tarde bogotana del mes de marzo de 2011, el compositor guajiro Leandro José Díaz Duarte, se extasió hablando de lo que siempre supo hacer, componer canciones y de sus licencias poéticas, sin olvidar los trabajos que pasó en la vida para darse a conocer. Todo sucedió porque su hijo Ivo Luis Díaz, me lo dejó al cuido mientras realizaba unas diligencias.

El silencio de Leandro, era su gran compañero. Para pensar no estaba ocupado y se extasiaba con la soledad, mientras los que estaban a su lado platicaban sobre diversos temas. De un momento a otro expresó: “Hace un clima agradable, diferente a San Diego, donde el calor se siente desde la mañana”.

Su apertura al diálogo sirvió para entablar una larga charla, de dos horas aproximadamente, donde habló de todo un poco, visto desde la dimensión de sus ojos del alma. Muy bien lo indicó: “Si Dios no me puso ojos en la cara, fue porque se demoró lo necesario para ponérmelos en el alma”. Todos se quedaron callados con esta afirmación. Después, un visitante del hotel que le tomaba fotos indicó: “Bella frase del maestro”.

Frases de memoria

Al indagarle sobre las expresiones poéticas y naturales de sus canciones dijo que las pensaba mucho antes de que se le quedaran viviendo en su memoria. Entonces hizo un repaso por varias de ellas con una sensibilidad inocultable, esa misma que le permitió que le otorgaran el título del poeta ciego del vallenato.

Para empezar citó la siguiente: “Cuando Matilde camina hasta sonríe la sabana”. Esa vez el que sonrió con picardía fue él.

Siguió diciendo que la canción que le llenaba el alma era ‘A mí no me consuela nadie’, aunque recalcó que a nivel de aceptación estaban ‘Matilde Lina’ y ‘La diosa coronada’. “Con esas y otras canciones me hice famoso y hasta Gabriel García Márquez me metió en uno de sus libros”.

Trae a colación la historia de la canción ‘El negativo’ y entonces señala: “Esa la hice debido a que en cada parranda que asistía me prometían infinidad de cosas, pero pasaba el tiempo y nada. Entonces, con nombre propio los mencioné, pero ni así cumplieron”. Risas. Y continúa: “Claro, que eso me sirvió para que otros me dieran el doble de lo que reclamaba en mi canto. Me fue tan bien que hasta me dieron casa y carro”. De esa manera pasó de negativo a positivo.

Se le hace énfasis en una de sus frases. “Mientras, más lento se piensa, más rápido se triunfa”. Se quedó pensativo y recalcó: “Esa no es una frase de las que llaman ahora filosófica, sino que puntualmente en mí se ha cumplido. Vea, donde estoy saliendo de mi humilde pueblo. He viajado por muchas partes llevando mis cantos”.

Enseguida dio paso a distintos conceptos de hombre curtido en el amor y volviendo a darle cuerda a su pensamiento dijo con la mayor contundencia que si las mujeres no existieran el corazón de los hombres no tuviera oficio. Enseguida sacó de prisa otra frase que ya tenía moldeada en su mente: “a las mujeres siempre las he exaltado, hasta cuando me pagaban mal, como aquella famosa gordita que la castigué cantando, porque no podía maldecirla, debido a que era un acto de cobardía”.

Siguió tomando la palabra y comentó: ‘El dinero acabó con el sentimiento. Ya la poesía, las flores, los cantos y los detalles pasaron a segundo plano, sin pensar que lo bello de enamorar tiene su encanto”. En ese preciso momento me acordé de mi abuelo Heriberto Vanegas Astorga, quien en una esquela le escribió a mi abuela: “María, por ti soy capaz de recorrer el abecedario de la A hasta la Z y pintar en versos toda tu belleza”.

Al darle a conocer la célebre frase al maestro Leandro anotó: “en ese elocuente mensaje se encierra el amor de un hombre enamorado, el que tiene las letras justas para escribir”.

De repente se puso la mano en la frente para llamar otras palabras y manifestó: “Tengo cuatro enfermedades: soy ciego, sordo, viejo y pobre, pero seguiré caminando sin rumbo por la calle igual que mucha gente. Si una puerta se cierra, otra se abre. Yo sigo caminando por la vida”.

De un momento a otro apareció su hijo Ivo Luis y se acabó el tiempo de las añoranzas, donde sus canciones en su voz tenían largos trayectos de nostalgias, sufrimientos y eternos amores, pero el viejo Leandro antes de despedirse entregó una nueva frase contundente: “Ivo, me pone a cantar para robarle lágrimas y sonrisas a la gente”.

Esa tarde cayó completa al recibir el despliegue de talento, humildad y cordialidad de Leandro Díaz, el hombre que se dedicó a cultivar en versos todo lo que giraba a su alrededor y que hizo posible que la vida le sonriera en medio de distintas dificultades.

De esta dimensión era el hombre que hace un año se despidió de la vida, pero nos dejó bellos cantos que se quedaron pegados en el sentimiento de todos debido a que los sacaba por arte de magia desde el fondo de su alma.

Definitivamente, este ciego sabio del vallenato tuvo la gran virtud de ponerle melodías a sus pensamientos.

Él la vista me negó
para que yo no mirara,
y en recompensa me dio
los ojos bellos del alma.

Por Juan Rincón Vanegas 

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